24 de junio de 2010

LA CITA... A CIEGAS!



Por:  Luis Fernando Mata


A raíz de una visita que hizo mi amiga Chío a la firma XX. me trajo la noticia de que una amiga suya, alta funcionaria de esa empresa, se sentía solita y bastante deprimida por no tener con quien compartir.

«Yo le dije que tenía para ella la persona ideal y me tomé la atribución de decirle que sos vos ¿qué te parece?".

-¿Yo? ¿Yo? ¿Estás segura de que esa mujer es para mí?



Claro, por supuesto. Además sos un estudioso de la Biblia y ahí, precisamente, dice que no es bueno que el hombre esté solo. Sos un buen chavalo, pero no me gusta verte así, como un pizote de esos del Parque Bolívar... manda güevo!».

Me quedé escuchando a Chío hablar del asunto tan entusiasmada. La idea me gustó y le pedí más detalles.

«Ella tiene 40 años, las famosas cuatro décadas, más o menos para vos. Y lo mejor: ya no puede tener hijos».

En determinado momento sonó el teléfono y llamó a Chío la señalada como mi... «mujer ideal» y, con una sonrisa de oreja a oreja, mi amiga me presentó así no más. Nos saludamos con la amabilidad que era de esperar; pero no quedamos en nada a raíz de ese primer contacto auditivo.

Luego vendrían otras llamadas, mensajes vienen y van. Decidí en una de tantas, aconsejarle que leyera: «Buenos días, Espíritu Santo», de Benny Hynn, uno de mis libros favoritos; pero en ese momento yo no tenía la plata para comprárselo, así que ella lo mandó a traer con el conserje de donde trabaja, nada menos que la presidencia ejecutiva de XX.

Yo deseaba que Dios le hablara por medio de aquella obra, para que se sintiera mejor y disminuyera su ansiedad y depresión.

Los primeros contactos con la dama "misteriosa" empezaron entre el lunes 18 y el viernes 22 del mes de____, todos fueron telefónicos porque en ese tiempo no existía "feisbuc" ni nada por el estilo. Ella me envió una foto tamaño pasaporte, mirando de frente y a colores. Se veía bonita, no tanto como me gustan, pero aceptable. Bueno, me dije, "ya no estoy para andar pidiendo gustos, a lo Brad Pitt".

Le respondí de la misma forma, enviándole un par de fotografías blanco y negro, tamaño pasaporte que Gilbert, un amigo fotógrafo, me tomó con traje entero allá por 1996, es decir, hace más de quince años. En ese momento yo estaba mucho más delgado y sin barba, también agregué otra, aún más antigua -como las que uso ahora en "feisbuc", en donde me observo bastante bien, con traje café claro y en la que estoy a la par de María Cecilia Márques, la mamá de Viviana Calderón, una foto tomada a finales de los años 80.

Las llamadas continuaron y la conversación se hizo más tierna, más familiar cálida y cariñosa. Pero en ella había una evidente ansiedad por conocerme... ¡de inmediato!, especie de deseo perentorio y compulsivo que me preocupaba. Sinceramente ya no soy, exactamente, lo que decían las fotos que le envié: ahora hay más canas, arrugas, llanticas y libras de más, quizá 15 o 20.

Pero ella empezaría a presionarme. En las últimas conversaciones, en la semana del 25 al 29 me dijo cosas como: «mirá, me podés llamar a cualquier hora. Yo me puedo levantar y nos vamos, si es necesario a Puntarenas en carro, tengo un Mercedes nuevo, eso garantiza que no nos va a fallar. Soy así, a mi no me da pereza para nada...».

Recuerdo el día en que entré a la redacción,  mientras  mentalmente daba vueltas y vueltas a un reportaje sobre night clubs. Ahí, sobre mi escritorio había... un enorme arreglo floral, especie de matorral paradisíaco, con flores de una variedad desconocida para mí. Era la segunda vez que una mujer se atrevía a mandarme flores y, para mi sorpresa, descubrí que me gustaban, aunque la verdad, no sabía que hacer: si echarles agua o dejarlas secarse en un rincón. Debo reconocerlo... me impresionó el gesto y sentí mi corazón latir de una manera distinta, novedosa,  al dulce compás de una canción que tenía muchos años de no escuchar... Desde su escritorio, mi amiga Chío sonrió, mientras me cerraba un ojo.

Por fin quedamos en que nos veríamos para almorzar el sábado 30 de ---. Para mi resultaba un lío: tenía que comprar desodorante, cortauñas y apenas contaba con un par de pantalones.

A mi nueva amiga yo le hablaba de Dios, mi tema favorito; de su amor y misericordia, como se espera de un cristiano, pero ella quería oir...de... "otras cosillas", de ahí que cuando desviaba a propósito mi conversación hacia "esos" asuntos carnales, ella se escuchaba  mucho más atenta y participativa.

¿Y puedo ir a tu casa Princesa? -le decía yo-

-Por supuesto, cuando querrás mi rey -decía riendo-

-¿Y estaremos en tu cama ahí, leyéndo algunas cositas? ¿O preferís un... masajito?

-Claro amor, lo que prefiera. Usted nada más me dice y se viene o yo voy por usted . Pero veámonos mañana, si quiere yo lo invito a almorzar. Estoy para servirle, yo voy donde usted guste... a cualquier hora... no seas tan rogaaadooo, porfis!!

"¡Gulp!", me dije, sintiéndome como Caperucita Roja, momentos antes de que se la tragara el Lobo.

Llegó el esperado sábado. Fui a hacer unas compras en la mañana. Quedé de llamarla a la 1 de la tarde y lo hice un poco antes. Había planchado la camisa verde perico, una de las pocas que tengo en buenas condiciones, agregué el pantalón negro, él único que se mantiene como nuevo.

La llamé y  le di la dirección. Ella me dijo que llegaría en un carro grande color gris perlado y así fue.

Me eché varios tipos de colonia: Vetiver de Carben, un toque de Xerioux de Givency, de ahí que mi cuerpo debía despedir un aroma imposible de definir.

La oí pasar al frente en su auto. Cogí mi paraguas. Puse un par de gotas de "listerine" en mi lengua, por lo del aliento noqueador, y mientras me acomodaba los lentes, caminé con paso rápido hacia el flamante Mercedes, que se mantenía parqueado, pero con el motor en marcha, varios metros después de mi casa.
Evidentemente me observaba por el retrovisor.

Abrí con cuidado la portezuela y entré a un automóvil un poco en desorden, pero limpio y perfumado.

Mientras me acomodaba en el asiento y le daba un beso de saludo, supongo, que ambos experimentamos la más amarga desilusión. Mis llantitas no estaban incluídas en esas fotos que le envié, mucho menos las "patas de gallo", que ya empiezan a notarse en mi rostro, los pelos de menos en la cabeza y las canas.

Me concentré en ella: vestía un bonito jeans azul, de seguro muy caro; una blusa de tono lila. La piel de y sus brazos me llamó la atención por lo bien cuidada y trigueña; sus brazos son largos, juveniles, como los de una veinteañera y en sus manos observé unas uñas largas, recién pintadas con esmalte café oscuro.

«Toda una vampiruña», pesé, mientras mis ojos chocaban con los suyos. Ella tampoco había incluído en su foto esas bolsitas que piden a gritos un cirujano plástico, ni su papada de chompipe, ni las "patas de gallo", que más parecían de avestruz. Se notaba a leguas que fue bonita o más bien «guapa»: aún conserva unas piernotas trigueñas, recubiertas por una piel brillante como recién aceitada. El resto de su envase terreno, aunque un poco golpeado por la vida, no lo estaba al punto de destruirlo.

La susodicha al sentir mi mirada quemándole en pleno rostro se agarró fuertemente del volante, como si se lo fueran a quitar. Luego contratacó observándomede reojo, con esos ojillos saltones y feos, como los de una rana. Mujer al fin me medía, me pesaba, contaba cada una de mis canas...contabilizaba el número de kilos que yo podía pesar de más y, por supuesto, la escuálida chequera, si es que podía llamar así a la carterita con el menudo de los pases.

Fingíamos no observarnos, pero nos mirábamos, como quien escoge frijoles y trata de encontrar algunos buenos, entre el montón de gorgojos.

Miren, para no cansarlos con el cuento, les diré que en eso empezó a llover, el parabrisas se opacó y saqué mi aromático pañuelo y  limpié el vidrio, creyendo hacer una gracia, pero ya era tarde: los brillantes colorines de la prenda sobresaltaron a la conductora, quien carraspeó, torció la boca y peló los ojos, como lo hace quien se ha metido en una torta.

Esa húmeda tarde, mi aventura concluyó cuando le propuse irnos a comer a un restaurante, que yo creía finísimo; pero que ella tachó de "chusmero" y, no teniendo plan B alguno, sólo atiné a llevármela a Tibás, a la venta de pupusas de Mayra, una amiga salvadoreña.

De regreso, silenciosos y cada uno viendo para un punto distinto e indefinido, escuché con sobresalto el timbre del celular de la chica, quien, como si lo hubiera convenido de antemano, dijo: "claro, claro... ya voy para allá..." y luego, con un aire de tristeza, que ni ella se creía, me informó de un compromiso "ineludible" que cumplir...

Bajé del auto sintiéndome aliviado, como cuando uno se baja de los buses de Sabana--Cementerio o como cuando sales del baño después de un ataque de estreñimiento. Luego, sintiéndome seguro de que no me miraba, sacudí con fuerza el polvo de mis zapatos contra el pavimento, a la manera antigua de los hebreos, en señal de jamás volver a meterme en esos enredos.

A manera de conclusión, ahora pienso que sólo DIOS sabe quién es y dónde está nuestro gran amor; a ÉL debemos preguntarle; de su mano hay que salir a buscarlo o bien, esperar en fe y con paciencia a que Él nos lo traiga.

9 comentarios:

Karla Delgado dijo...

Jajaja, profe, qué buena historia!!! Es verídica? No me puedo imaginar el momento tan incómodo que pasaron ambos! Lo rescatable todo esto es que le dio un motivo para escribir... Me encantó... Espero que más adelante, cuando haya vivido lo suficiente y se le agregue a mi vida un poco más de picante, pueda escribir algo como esto, eso sí, sin la parte de la desilusión! jeje!
Un abrazo!

OLGA LIDIA NUÑEZ dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
OLGA LIDIA NUÑEZ dijo...

Hola profe! Genial historia...! Este asunto de las citas a cigas es bastante comprometedor...aunque resulten a veces grandes aventuras.. que en años posteriores nos causarán inmensas carcajadas!!! y nos permitan escribir nuestra historia.
Gracias por compartirla.

Mucha suerte!!!

ANDREA RIVEROS dijo...

Muy nice la historia jajaja, típicas de hoy en día, y lo que AHORA normalmente pasa.
Un poco de diversión en la clase también.

Sofia Salas dijo...

Que buena historia profe, en definitiva esas situaciones en el momento son completamente incómodos pero después son grandes historias para contar!!!
Saludos :)

Stephanie Vega Acosta dijo...

Exc historia!!! Alguna vez pasamos por esto!!! Lo mas exitoso es contar despues y reirse a carcajadas!! Saludos!!

Danilo Herrera Miranda dijo...

Profe que historia!! Desde mi punto de vista las personas NO deberian ir a una cita a ciegas, ya que no se sabe com quien se va a encontar!!
Gracias...

Steven Matamoros dijo...

Muy buena historia profe, a mi parecer una cita a ciegas puede ser una situación incomoda, pero muy buena historia me causo mucha risa muy buena.

Diana Volio dijo...

Qué historias! La congoja del momento...definitivamente quedan para contarlas y reír después!