15 de julio de 2010

Nacido de nuevo

Por: Luis Fernando Mata


Hace diez años, cuando me divorcié, un amigo al verme triste y a manera de consuelo me dijo: “Mae, deberías de estar alegre, sos libre, has nacido de nuevo”.

Cierto, era libre pero me faltaba algo. Por muchos años me había preocupado por la realización personal, el logro material y, ahora, cuando más lo necesitaba, tenía un espíritu débil.



Decidí volver atrás y enmendar mis fallas: busqué al sacerdote del pueblo, hice la primera confesión en años y reinicié el viejo hábito de asistir a misa.

Encontré que las ceremonias ya no tenían frases en latín y eran amenizadas por un coro con guitarras, batería y sintetizador. El rito era más atractivo que antes, aunque con los mismos problemas: gente que llega a conquistar y ser conquistada, a lucir un nuevo atuendo, a mirarse los unos a los otros, a hablar de fútbol, en fin...

Sin embargo había decidido ser bueno por primera vez en la vida: dejé el licor, las mujeres, los banquetes que con frecuencia me regalaba y gradualmente disminuí el número de cigarrillos de dos paquetes a un cigarrillo diario. Ya era algo.

También compré una Biblia y la empecé a leer.

A llegar al capítulo 5 de Deuteronomio aprendí los Diez Mandamientos y decidí seguirlos al pie de la letra. ¡Era un asunto tannn fácil! ......

Las tentaciones...

A  la  mañana siguiente, después de leído Deuteronomio, me dije “bueno, a partir de hoy seré un santo”. Muy sonriente salí a la calle, no había dado ni veinte pasos cuando una joven con una minifalda se agachó a juntar algo en la acera y...dentro de mi sonó el pitazo de un árbitro y la voz de mi conciencia me indicó “pecaste, acabás de desear la mujer de tu prójimo”.

Ya en la oficina, Contreras, un compañero, me preguntó por Anita la secretaria. “Esa mujer no vino hoy, de seguro el jefe se la apretó muy duro anoche”, de nuevo escuché en mis adentros la misma voz metálica “salado, pecaste, no debes dar falso testimonio contra tu prójimo”. ¡Caramba, me dije preocupado!, lo que es la próxima vez -como en el fútbol- me sacarán tarjeta roja.

A la hora del almuerzo y en el momento de pagar, la cajera confundió un billete de 5000 por uno de 10.000 que le entregué. Sentí ganas de hacerme el desentendido o como decimos, el "mae", pero reaccioné a tiempo y devolví el vuelto pensando que así eludía el transgredir el mandamiento de “No robarás”.

Sin embargo, al final de la jornada la misma voz me conminó: “pecaste también contra el mandamiento que te pide no robar: hiciste llamadas innecesarias a tus amigos con el teléfono de la empresa, también perdiste el tiempo haciendo cosas ajenas a tu trabajo y por tanto robaste a Agapito, tu patrono”.

En la noche, con la conciencia apaleada me disponía a dormir cuando observé a una cucaracha caminando por la pared. Tomé una chancleta y ya iba decidido a atacar cuando me entró la duda: “¿Incluirá a las cucarachas el mandamiento de no matar?” Cuando una voz dentro de mi había respondido que no, ya el insecto no estaba.

Una noche, mientras reflexionaba acerca de las razones de mi divorcio, concluí en que la falta de Dios había terminado con mi matrimonio. “Si ella y yo estuviéramos llenos de Dios no habría ocurrido eso y el hogar se habría salvado”.

Decidí entonces buscarme una mujer bien “llena de Dios”, pero aquellas a las que puse la puntería, bien fuera porque yo no les gustaba, alegaron siempre el mismo problema: “mirá, vos sos un buen muchacho, pero no se puede cometer adulterio con un hombre que ha sido casado y que continúa siéndolo a los ojos de Dios”.

¿Salvo?

Un día, mientras almorzaba, un joven pequeño, cara redonda y ojos vivos, al otro lado de la mesa me preguntó “¿Es usted salvo?”. “¿Salvo?”, “Salvo “de qué?”, le dije.

Empezó un diálogo muy animado, le conté de mi fracaso matrimonial y de mis infructuosos intentos por cumplir la ley de Dios.

“Nadie alcanza las bendiciones de Dios ni va al cielo sin estar salvo. Jesús le dijo a Nicodemo en Juan 3:7 “Os es necesario nacer de nuevo”, me dijo muy serio el personaje, no sin antes indicarme que debía nacer de nuevo.

“¿Nacer de nuevo?, pero si yo creía haber nacido de nuevo cuando me divorcié?.

Antes de despedirse y con rostro preocupado, el joven que se identificó como Paco, me dijo que debía aceptar a Cristo como mi salvador personal porque de lo contrario “te expones a que Cristo y sus ángeles vengan en cualquier momento a realizar el rapto de su iglesia, te pierdas de los goces celestiales y tengas que quedarte aquí penando en el Juicio Final”.

Esa noche, mientras me revolvía en la cama creía escuchar frases sueltas como “salvo”, “nacer de nuevo”, “aceptar a Cristo”, “¿Juicio Final?”.


Parto espiritual


A la semana siguiente la recepcionista me avisó la visita de dos personas: eran Paco y otra persona, alta y delgada, que se identificó como el Pastor. ¿Para qué quiero un pastor si yo soy un católico, apostólico y romano?, les dije.

“Mire, no importa la religión que tengas, hemos venido a salvarte, esa es nuestra misión”, dijo el pastor clavando en mi una mirada entre dulce y severa.

Era tal la preocupación de los visitantes por que yo no me fuera a los Infiernos que decidí aceptar el “nuevo nacimiento”, detrás de una pared, en un rincón del edificio, escuché arrodillado la oración que pronunciaban Paco y el Pastor. Al final yo aceptaba a Cristo, así lo hice. Ya era salvo.

Luego Paco me explicó que no importaba si yo era divorciado. Podía casarme otra vez porque “había nacido de nuevo y lo hecho con anterioridad quedó atrás. Y al decir atrás se refería a todo, borracheras aventuras amorosas, malas palabras y ofensas a los prójimos con los que hasta entonces me había relacionado”.

Al otro día me sentí igual que siempre, el espejo me confirmó lo mismo: el pelo, la cara y la nariz de indio chorotega, todo continuaba en su sitio, la única diferencia era el deseo sincero de no volver a ofender al Altísimo.

Conforme pasaba el tiempo debí familiarizarme con los términos utilizados por los visitantes: inconverso (no convertido), convertido (que aceptó a Cristo y también al grupo); la Obra (toda acción que lleva a Dios dentro de la secta); el culto (disertaciones acerca de la Obra y Dios); ser creyente (el que le cree a Dios, no sólo el que dice creer en Dios); testimonio (anécdota, vivencia); la Palabra (lo escrito en la Biblia); guardar (cuidar, no jalarse tortas); hermanos en la Fe (los del mismo grupo) y justicia propia (quien trata de ganarse a Dios con obras y habla de ellas rajándole a todo el mundo).

Chulo, güevón...

Una noche a la semana era destinada para los estudios. Paco llegaba siempre con su Biblia roja de lomo dorado. Luego de sentarse la extraía muy contento de una carterita negra con ziper de plástico.

Paco era un creyente de verdad, un fanático peor que los de la "Ultra" o los de la iglesia "Maradoniana", siempre dispuesto a hablar de la “Obra” y la “Palabra” a cualquier hora y lugar. Si íbamos en un taxi trataba de relacionar un viraje o algún hueco peligroso en el camino con la vida de Cristo. Durante un almuerzo elevaba la voz tratando de hacer llegar “la semilla espiritual” a los comensales.

El primer día me dio su testimonio: había sido un alcohólico y mujeriego empedernido, en ambas aficiones había botado una fortuna y su esposa, una mujer de la que ignoro el nombre, soportó estoicamente el montón de vicios de su marido hasta el feliz día de su conversión.

Según Paco, el Pastor tampoco había sido una casta paloma. “Fue alcohólico y convivió con prostitutas, las cuales lo mantenían y cuidaban hasta que el Señor lo rescató”, contaba Paco. "Era un gran chulo ese güevón", le dije sonriente a Paco, quien casi me excomulga por hablar mal de su "líder".

Los estudios le llegaban a Paco de manos del Pastor y a este de manos de don Ovidio, el máximo dirigente y cerebro de la organización. Don Ovidio era un mexicano que había visitado el país en varias ocasiones. Tenía 50 años de convertido y sus seguidores le consideran algo así como el Papa, el hombre más sabio y santo sobre la faz de la Tierra.

Durante sus visitas, don Ovidio se hospedaba en un lujoso hotel y ofrecía conferencias a poquísimas personas que tomaban la información y la grababan para los discípulos “rasos” como yo. “Allá en México don Ovidio es una gran personalidad, le conocen por miles, pero a él no le gusta la publicidad ni figurar; su único interés es acercarse a Dios y conducir a otros por el mismo camino. Por eso nos trae aquí esta información”, explicaba Paco.

Los estudios consistían en hojitas escritas a máquina con doble espacio. Bien redactados, eran textos llenos de citas bíblicas que tanto Paco y yo debíamos buscar en nuestras biblias. Al principio tuve problemas por ignorar el orden de los libros, a veces buscaba a Mateo en el Apocalipsis. Aunque amable y sonriente, a Paco no dejaba de desesperarle mi apego a la Biblia Latinoamericana, de franca procedencia católica. “Oiga hermanito, usted debería comprarse una igual a la mía. ¡Son baratas!”, puntualizaba con suavidad.

¡Virgen Santa!

Mi vida espiritual mejoraba al calor de los estudios. En las noches, mientras mucha gente disfrutaba del cine, la televisión viendo el Mundial o los vicios, Paco y yo nos deleitábamos desentrañando pasajes de la vida de Jesús, de Pedro, de Juan el Bautista o la sabiduría de Pablo.

Pablo y sus cartas me resultaban un lío. Confundía Colosenses con Tesalonicenses y Filipenses.

A la altura del tercer estudio Paco preguntó cuál había sido mi experiencia anterior con lo espiritual. “Verás”, le dije quitándome mis pesados lentes, como para ver al visitante con más claridad. “Yo siempre rezo, lo hago en las noches, también en la Iglesia x, antes de irme para el trabajo y enciendo una velita en honor de Dios. Aunque la velita cuesta ¢ 5, yo generalmente deposito más de su valor... y doy unos diez pesitos”.

Paco escuchaba sonriendo mientras tomaba anotaciones en unas tarjetas amarillas como si fuera un árbitro y, sin levantar la vista inquirió ¿y qué más?.

“Paco, yo también le tengo mucha devoción a la virgen María, especialmente a nuestra Señora de Los Angeles. Ella me curó a mi hijo mayor que padecía de asma”.

Al llegar a este punto el rostro de Paco se ensombreció. “Mirá, debemos aceptar a Cristo como nuestro Salvador personal, luego estudiar y difundir su Palabra en todas las naciones, pero María sólo fue la madre del Cristo encarnado, del Cristo histórico y su participación en nuestras vidas no debe ir más allá...”.

Fueron muchas las citas bíblicas que esa noche me mostró Paco para reafirmar la idea de que María “no era tan importante”. Nos enfrascamos en discusiones y al fin, ante la tenacidad de mi interlocutor y sintiendo ganas de ahorcarlo, decidí no discutir más. “Lo que es la imagen de la virgencita que tengo a la par del tele no la quito por nada del mundo”, me dije.

¡Plata, plata...!

Aún recuerdo el efecto que causó en Paco el día que le confesé mi costumbre de dar algún dinerito a los pobres. “No hay que darle nada a los pobres, debemos ofrendar recursos para la Obra”, dijo. "Jesús dicen, en la Palabra, que pobres siempre habrán en el mundo".

“¿Entonces Paco, a quién de la Obra debo dar esos recursos? -pregunté preocupado-.

-Obvio, al Pastor, nuestro líder, la persona autorizada que nos provee estos estudios y el encargado en la Tierra de nuestras almas. ¿Así o más feo?

-¿Pero en la Biblia Jesús habla de dar dinero a los pobres?, indiqué señalando Mateo 19, 21 “Si quieres ser perfecto, anda a vender todo lo que posees y dáselo a los pobres”.

Paco continuaba apuntando, ya no en una tarjeta amarilla sino en una roja y luego exclamó. “Mira, es necesario que hagamos el estudio de la ofrenda la próxima semana”.

Así fue. El estudio era tajante y empezaba con un: “Si tu entiendes que la ofrenda a un siervo es una ofrenda a Dios mismo, tu entiendes las obligaciones y los beneficios”.

El asunto de la ofrenda funcionaba mediante ofrendas quincenales, no menores al diez por ciento del salario. Paco me explicó su experiencia: hace un tiempo: le dijo al Pastor que él deseaba regalarle una cocina y le pidió que la fuera a escoger. “Cuando me enteré de que el artefacto valía más de 600 mil colones dije, Dios mío, será una buena ofrenda para ti. Aparte del electrodoméstico continué diezmando con otra parte de mi sueldo y las bendiciones no tardaron en llegar por montones con aumentos y contratos. Ahora me va mucho mejor que antes.

Más plata

El dinero era un asunto crucial en la vida de lo que ahora se, era una secta. Pese a que los estudios giraban sobre la espiritualidad y la salvación. Cuando el pastor enfermó, los creyentes le llevaron a una clínica privada porque no estaba asegurado y al final la cuenta fue de millones, que fueron cubiertos con un dinero adicional o “sobreofrenda”.

Los fondos, recogidos por quienes ejercían el “discipulado” se debían entregar en un sobre blanco, cerrado y con el nombre del feligrés. Un día dije a Paco que eso no debía ser así porque Cristo dijo en Mateo 6,3 “Tu en cambio, cuando des limosna, no debe saber tu mano izquierda lo que hace tu derecha; cuida que tu limosna quede en secreto, y el Padre que ve los secretos te premiará”.

Pero Paco tenía respuestas para todo. Me indicó que mediante la cantidad que se ofrendaba, el Pastor “medía” el grado de avance espiritual de los creyentes a causa del desapego que estos manifestaban de sus bienes materiales.

“Mira Paco, si todos los de la Fe dan un mínimo del diez por ciento muy pronto el Pastor será millonario y la plata podría llegar a representar un problema para él, indiqué. Además, Cristo nació pobre, en un pesebre y vestía con sencillez”, dije a mi maestro.

Esgrimiendo su Biblia de lomo dorado Paco replicó “Lo que se ofrece a Dios se debe dar al obrero que Dios puso para suministrar a usted la Palabra. Dad y se os dará dijo el señor Jesucristo y él nunca miente. En cuanto a que él vestía pobremente eso no es cierto porque por algo, en Mateo 27, 35, luego de crucificarlo, los soldados romanos echaron suertes para repartirse la ropa de Jesús” "¿Usted cree que si hubiera sido cualquier trapo viejo lo habrían rifado? ¿Ahhh?".

La duda

Durante días Paco me había dicho que invitáramos a cenar al Pastor, que era una actividad muy edificante porque se aprendía mucho. Así lo hizo un día de tantos “con mucho gusto aceptó, pero ¿puedo llevar a mi esposa?, dijo el Pastor, a lo que estuvimos de acuerdo.

El sitio elegido era un lujoso restaurant, en las afueras de la capital. Me presenté como se exigía en la secta: vestido entero negro y corbata roja, aún recuerdo que el saco lo tenía que devolver al día siguiente a un amigo.

Ya una vez instalados, el Pastor preguntó al mesero: ¿y tienen vino Riunite?. Ante una respuesta negativa se indicó que trajeran otro que fuera bueno o mejor. Al rato volvió el servidor y nos dijo “miren, aquí tienen esta botella, cuesta ¢ ------ y es un super vino”, dijo el mesero.

El Pastor, al no estar conforme con ningún plato en particular, ordenó una orden general con lo mejor de la comida del restaurante. Así se hizo y se sirvieron varias comidas en un aparato giratorio. Mientras tanto la conversación versaba sobre la crianza de los hijos según las Escrituras y la forma en que “bíblicamente” está recomendado corregir la rebeldía de los chicos: golpeándolos por las nalgas con una vara, no menos de cinco veces ni más de diez.

Al final de la velada y cuando llegó la factura a manos de Paco vi de reojo varias cifras y no pude evitar majarme un pie con el otro, para disminuir la tensión de mi bolsillo. La cena llegó a los ¢ -----mil, por suerte mi maestro puso la mitad.

En la siguiente reunión Paco me explicó: “quizá te extrañe que el Pastor siempre elige las mejores comidas y el mejor vino; también cuando lo llevamos a que compre su ropita él escoge la mejor. Un día le hice esa pregunta y mi líder muy sabiamente me indicó que no quería robar bendiciones a sus discípulos, quienes recibirían mucho más a cambio del desapego a sus bienes materiales”.

¡Basta ya!, me dije ese mismo día, “la salvación vale muy cara en esa secta con vino, cocinas de miles de colones, trajes caros y rentas controladas por una persona”.

El domingo siguiente volví al calor de mi iglesia natal, en mi pueblo, escuché con deleite el sermón del sacerdote y después de entregar algún dinero -lo que pude-, di Gracias a Dios, mientras escuchaba con deleite el sonar de las campanas.

Posteriormente me haría cristiano de verdad  y me salí del catolicismo, no peleado con nadie, todo lo contrario; sino porque, verdaderamente, sentí  un llamado de DIOS a servirle en otro sitio, esta vez como diácono de una congregación seria, no tan platera como sí ocurre en esas sectas.

Reconozco que la obra de DIOS es maravillosa y que ÉL, como ser soberano que es, se manifiesta en cualquier sitio  y permite ser anunciado por todo aquel que esté dispuesto a hacerlo.

3 comentarios:

Karla Delgado dijo...

Exc! Creo que en la vida siempre tenemos una segunda oportunidad, quizá sea para eso, para nacer de nuevo!
Un abrazo profe!

Pablo Antonio Zúñiga Rodríguez dijo...

Profe, yo no puedo negar de que en mi Iglesia, la católica, hay mucho tropiezo.
Lo que soy como persona, se lo debo a mi Iglesia. En ella he encontrado lo mejor que me ha pasado en la vida: conocer a Cristo.

La Virgen María es un tema importante: ella no quiere brillar en nuestras vidas. Ella lo que quiere es que sea Cristo el que brille en nuestras vidas.

Volver a nacer es tan sencillo como volver la mirada a Dios.

Yo volví a nacer también días atrás. aunque con una historia distinta, el centro es el mismo: la acción de Dios en nuestras vidas. (http://bit.ly/7qZWGu)

Un gran abrazo. Conversémonos. Saludos

Anónimo dijo...

Hola, interesante tu post, sobre todo eso de nacer de nuevo. Creo que para cambiar nosotros no es necesario cambiar de fe, solo eso que tu muy atinadamente dices: "volver los ojos a Dios". Eso de la plata es muy común en las sectas, y ninguna tiene una celebración identica, todas son tan diferentes. La Ùnica que lo tiene es la Iglesia Católica, UNA, SANTA, CATOLICA Y APOSTOLICA. Dios te Ilumine y te Bendiga, por que sé que le serviras con Amor, Esperanza y Caridad en donde quiera que estés. Disfrute mucho leyendo tu post.