14 de febrero de 2010

ASI ES LA VIDA

POR: LUIS FERNANDO MATA


DE LA EXPLOTACIÓN LABORAL

-A Toribio, un nica amigo mío, lo echaron del brete.

-¡Pobrecito! ¿Y qué hizo?

-Nada. Era un buen trabajador. Sólo que llegó otro nica y se ofreció por menos.

-Eso, mi hermanito, es competencia desleal entre paisas. Se está dando mucho ahora en Costa Rica, pero en esta vida todo se paga, va a ver, ahorita llega otro nica, se ofrece por menos y echan a ese otro.

-Pues me lo quitó de la boca, porque eso fue exactamente lo que pasó.

-¿Aún a ese echaron? ¿Llegó otro ofreciéndose por mucho menos?

-No. Ese llegó a trabajar gratis.

-Idiay, asi quien no. Un empleado de esos no lo va a conseguir a la vuelta de la esquina. ¿Pero a ese extremo hemos llegado?

-Así como lo oye. Pero el cuento no termina ahí, porque aún a ese nica lo echaron.

-¿Cómo? ¿Trabajando gratis?¡De seguro se jaló alguna torta?

-No, también era muy trabajador y responsable; pero llegó otro que no solo trabajaba gratis... además pagaba por trabajar.

-Ese patrón es un sinvergüenza, carebarro, seguro no ha pasado ni por enfrente del Ministerio de Trabajo.

-Al contrario, es uno de los asesores del Ministro. Y caete, aún a ese otro nica echó.

- Ya eso es el colmo, usted me está vacilando a mi. ¿Y qué hizo ese otro nica para que lo contrataran?

-No sólo lo contrataron, convenció al patrón de que lo dejara fijo.

-Idiay ¿que tuvo que hacer?

-Ese, además de trabajar gratis y pagar por trabajar, le consiguió una querida al patrón, le secuestró la suegra y después le aconsejó que no pagara el rescate.

-¡Ay juemialma! ¡Ese patrón sí que la agarró toda!

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El pleito

-Juepuña, ¡cómo está esa carajada en San José! Ahora no se puede ni salir.

-La inseguridad ciudadana está cada vez peor, con decirte que hasta a mi me asaltaron.

-¿A vos? Pero tanto hablar por teléfono y no me habías contado.

-¡Ydiay!, ahora verás, resulta que venía yo por la acera de la Merced, eran como las once de la noche y no me van saliendo de frente cuatro carajos...

-¿Y qué hiciste?

-Ah no, me paré macizo y a todos les di...

-¡A Carajo! ¡Qué arrecho!

-Ah si, a todos les di... a uno le di el celular... a otro la billetera... al tercero la gorra y al cuarto le di las gracias porque se conformó con las tenis que estaban bien feas.

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Oído en un autobus

-Mirá, ¿me prestarías un tucán?

-Ay muchacho, me decís a mi, que ando más quebrado que una galleta de soda en la bolsa de un borracho...

-No jodás, si un tucancillo no es nada para vos...

-¡Que va! Mirá, la doña me tiene que no levanto cabeza, apenas me agarra la billetera hasta ahí llegué... como le digo: «mujer, tené más cuidado, a estas alturas vos no sabés gastar la plata...».

-No. Gastar la plata si sabe esa vieja vagabunda... lo que no sabe es ahorrarla.

9 de febrero de 2010

Si a usted le da pena, o preocupa, decir en qué trabaja y desea cambiar de oficio, aquí tiene algunas sugerencias para mejorar el impacto de su... Curriculum Vitae.



1. Distribuidor Mayorista de Cigarrillos Genéricos (Vendedor de marihuana)
2. Ingeniero en Genética Bursatil (Falsificador de Billetes)
3. Ejecutivo de Cuenta de Esperanzas Financieras (Vendedor de lotería)
4. Gerente General de Micro Empresa de Alimentos Congelados (Vendedor de copos)
5. Experto en reciclaje y recolección de Materia Biodegradable (Recolector de basura)
6. Proveedor de Clientes VIP para Funerarias (Sicario)
7. Dr. Honoris Causa de la Universidad de la Vida (Desempleado)
8. Técnico Sanitario de Caminos Públicos (Barrendero de Calles)
9. Distribuidor de Productos Alternativos (Vendedor ambulante)
10. Abastecedor Logístico en Sitios de Alta Concentración (Vendedor de sanguches en el estadio)
11. Técnico de Mercadeo Dirigido (Repartidor de volantes)
12.Auxiliar de Servicios de Ingeniería Civil (Peón)
13. Distribuidor Interno de Recursos Humanos (Ascensorista)
14. Coordinador Oficial de Movimientos Internos (Portero)
15. Especialista en Logística de Documentos (Mensajero)

11 de enero de 2010





Mi primera clase de spinning 

 

 

 

 








CRONICA





Por:  Jaime Bayly

Estaba estirándome en la cama el domingo en la mañana cuando
Sandra, mi amiga, me preguntó:

- ¿Por qué no vienes al spinning conmigo?

Había dormido bien y me provocaba sudar un poco, así que decidí acompañarla. Ella me advirtió que la clase sería fuerte para un principante como yo, pero me reí en su cara y le dije que sería un paseíllo para mí.

- Tu clasecita de spinning me va a servir de calentamiento antes de hacer mi rutina en el gimnasio -le dije, y ella apenas sonrió.

Confiado en mi buena condición física, me puse ropa deportiva y anteojos oscuros y, cargando una botella grande de agua, me dirigí al gimnasio dispuesto a estrenarme en la moda universal del spinning, un ejercicio que miles de mujeres y algunos hombres, subidos en sus bicicletas estáticas y pedaleando frenéticamente al ritmo de una música demencial, practican con una especie de devoción religiosa y celo fanático. Esto lo tenía muy claro antes de subirme a la bicicleta: el spinning no es un ejercicio más, es una secta peligrosa a la que no cualquiera puede pertenecer.

- Si te cansas y no puedes seguir, dejas de pedalear y te bajas de la bicicleta -me dijo Sandra cuando entramos al gimnasio.

- No me hagas reír, por favor- le dije, con una sonrisa arrogante.- Yo he jugado fútbol de chico, corro todos los días, mis piernas están entrenadas, ¿tú crees que no voy a poder montar bicicleta una horita?.

El profesor de spinning se llamaba Tony y era un muchacho bajito, musculoso y saltarín, uno de esos gringos perfectamente felices que todavía no se han enterado de que algún día se van a morir. Le entregué mi ticket número 6 y me dijo que cogiese mi bicicleta y la colocase en algún lugar frente a él. La maldita bicicleta pesaba una tonelada y no había cómo moverla de allí.
Estaba arrastrándome como un condenado para desplazarla cuando alguien me hizo notar que debía levantarla y hacer girar sus rueditas. Fue un buen consejo. Puse la bicicleta detrás de todos, me subí a ella, respiré hondo y tranquilo y eché un vistazo: seis jóvenes mujeres comenzaban a pedalear de espaldas a mí, y todas eran guapas y llevan poca ropa deportiva, especialmente una brasilera que había amanecido ese domingo con la feliz idea de hacer bikini-spinning, lo que me permitía la gozosa contemplación de su cuerpo y parte de su alma.

- Comenzamos bien el spinning- pensé, mirando las piernas estupendas de la brasilera, pedaleando con pleno dominio de la situación. Tony puso una música lenta tipo Enya para calentar, aplaudió con entusiasmo, gritó frases de aliento que juzgué exageradas e innecesarias y pidió que nos preparásemos para la posición número uno. Como yo, a mis 35 años, sólo conocía una posición para montar bicicleta, seguí pedaleando en mi posición uno (y única). La música era suave, las chicas estaban lindas, la brasilera montaba bici casi calata, Tony movía el cuello distraído como si fuese bailarín de Ricky Martin y yo, pedaleando seguro y ganador, pensaba:

- Me está gustando esto del spinning.

Entonces comenzó una canción algo violenta y la cosa se aceleró bastante, pero mantuve todo bajo control. Una música afiebrada invadió el gimnasio, sacudió los gigantescos espejos en los que nos veíamos reflejados, alborotó a Tony y las chicas y nos lanzó a pedalear como enloquecidos.

- Posición dos- gritó Tony, y como no le hice caso y seguí en mi posición única, se bajó de su bicicleta, se acercó a mí con un airecillo condescendiente y me dijo que la posición dos consistía en montar bicicleta sin apoyar las posaderas, es decir casi parado sobre los pedales. Obedecí sus instrucciones y empecé a pedalear como lo hacían él y las chicas, y a partir de ese momento mi vida cambió dramáticamente y para siempre. Si el personaje de conversación en la Catedral me preguntase:

- ¿En qué momento se jodió tu vida?

Tendría que decirle:

-Cuando pasé a la posición dos y pusieron la versión trance de American Pie cantada por Madonna.

Porque así fue: apenas habían pasado diez minutos y ahora yo pedaleaba de pie como si estuviese escalando el Himalaya en bicicleta y mi esmirriado cuerpo de trabajador intelectual empezaba a bañarse en sudor y la gorrita se me caía al piso (y con ella mi orgullo) y Tony el instructor me gritaba que pasase a la posición tres y que pedalease más rápido y yo con la mirada clavada en el reloj sólo tenía un pensamiento acosándome, flagelándome:

- ¿Cuánto falta para que termine esta pesadilla?

Pero el reloj parecía detenido: juro que no se movía. Entretanto, mi corazón saltaba, mis piernas se hamacaban, mi optimismo caía al suelo en forma de sudor y el espejo me devolvía la figura de un hombre que pedaleaba con tanta torpeza como angustia, sabiendo que esa estúpida clase de spinning podía acabar con su vida y sus más dulces ambiciones. Miré a Sandra: sonreía fresquita desde su bicicleta, pedaleando a mil por hora como toda una profesional.

Juré que no pararía de pedalear, aunque tuviesen que sacarme muerto...
Mi orgullo estaba en juego. No permitiría que Tony y su secta de fanáticas me humillasen. Pasé a la posición tres y empecé a descargar mis últimas energías en esos pedales imposibles. Vi el reloj. Sufrí entonces mi primer mareo: ¡faltaban cuarenta y cinco minutos para terminar, y yo estaba a punto de desfallecer!

- Eso me pasa por no ir a misa -pensé, jadeando como un enfermo terminal-. Voy a morir hoy domingo haciendo spinning. Pensé que mirar a la brasilera semidesnuda me devolvería los bríos perdidos, así que desvié la mirada hacia ella, pero gruesas gotas de sudor caían sobre mis achinados ojos, nublando mi visibilidad y empañando de paso mis lentes. Casi no podía ver.

Mi cara era un asco de sudor, una mueca agónica, la angustia del que siente cerca el final.

Cuando se cumplió la primera media hora, el panorama era poco alentador: no sólo sudaba a chorros, me temblaban las piernas, mi corazón bailaba un mambo taquicárdico y yo no podía ver, sino que además, para agravar las cosas, empecé a toser convulsivamente, una incesante mucosidad comenzó a descender por mis orificios nasales y noté un dolorcillo alarmante en la zona baja posterior, allí donde descansaba mi humanidad en la posición número uno.

Dicho de una manera más cruda: me dolía tanto el trasero que ya no podía sentarme y sólo lograba pedalear en las posiciones dos y tres, que desgraciadamente eran las más extenuantes. Tony cometió entonces un grave error: acallando por un momento sus chillidos de felicidad ciclística, bajó de su máquina, caminó hacia mí y se permitió criticarme (con ánimo seguramente constructivo). Me dijo que debía pedalear más rápido, no apoyarme tanto en mis brazos y encorvar más la espalda para que todo el peso de mi cuerpo recayese sobre mis estragadas piernas.

-Más rápido, más rápido -me gritó, sin advertir que estaba a punto de desmayarme.-

Reconozco que perdí el control y pidodisculpas por ello. Tony no merecía que lo mirase con tanto odio empozado y que le mentase la madre mentalmente. Tan turbia y amenazadora fue mi mirada, que se marchó a su posición de líder y dejó de mirarme.

- Si voy a morir haciendo spinning, al menos déjame que muera pedaleando a mi ritmo, gringo malnacido -pensé, y ahora pido disculpas por ello.

Tony se vengó porque puso unas canciones trance violentísimas, vertiginosas, al lado de las cuales las del rapero Eminem parecían baladas de amor, pero yo no me dejé intimidar y, alentado por una mirada afectuosa de Sandra, empecé a dominar las posiciones uno, dos y tres y sentí de pronto el inesperado vigor de un segundo aire.

Pensé que lo peor había quedado atrás cuando súbitamente mi pierna izquierda dejó de moverse, se trabó y, por mucho que insistí en seguir pedaleando al ritmo de la música trans, mi cuerpo se enzarzó en un nudo con los pedales porque, maldición, los pasadores de mi zapatilla izquierda se habían enroscado con la bicicleta y mi insistencia por seguir haciendo spinning heroicamente provocó lo que ahora narro con dolor: mis pasadores, mi zapatilla, el pesado armatoste de hierro y yo mismo caímos al suelo húmedo de sudor. Como si nada hubiese pasado, las lindas chicas siguieron pedaleando ensimismadas y sólo Tony se acercó preocupado, me ayudó a levantarme, me dio permiso para tomar agua (juro que me dio permiso para tomar agua: por eso digo que el spinning es una secta peligrosa que quiere apoderarse del mundo) y me preguntó si quería sentarme a descansar.

- No -le dije, empapado en sudor, moqueando, los anteojos empañados, sin una zapatilla-. Voy a seguir hasta el final.

Y así fue. Terminé mi primera clase de spinning sin dejar de pedalear. Orgulloso, bajé de la bicicleta, respiré hondo y sentí que la pesadilla había terminado.

- Ahora suban las piernas encima del timón y estírense- gritó Tony, y yo lo miré con todo el odio del que fui capaz, y luego me estiré malamente sobre ese charco de sudor en el que había perdido mis mejores energías dominicales. Al salir, Sandra me felicitó y me preguntó si quería hacer unos abdominales. No le respondí. Ha pasado una semana y todavía no le hablo. Tampoco puedo sentarme: por eso escribo estas líneas de pie.

6 de enero de 2010

Si tú supieras, Roberto...



¿Qué si te recuerdo? Claro Roberto, por supuesto:
recuerdo tus acertadas respuestas en los exámenes,
que nunca faltaste a clase, recuerdo todo tu esfuerzo.

¡Claro que me acuerdo!

Recuerdo tu trabajo final: brillante, pulido,
con mucho acierto,
y las fotos tomadas “en exclusiva” según dijiste:
“Debí subirme a un techo y desde allí tomarlas,
casi me quiebro”.

Algo había en tu proyecto que lo hacía diferente...
parecías como metido en los zapatos de toda esa gente:
los vendedores ambulantes, los tilicheros...

Por eso Roberto no me extrañé al saberlo,
al verte allí :
eras uno de ellos, un tilichero...

¿Por qué ruborizarte Roberto?
¿Por qué bajar la mirada a tu Profe?
¿Por verte ganar el sustento?

Si tú supieras lo que ahora pienso:
que toda calificación era poca
para medir la grandeza de tu esfuerzo.

Que a partir de ahora eres mi héroe Roberto,
quisiera ser como tú eres, porque no hay
mejor lugar para un periodista que ahí,
codo a codo con el pueblo. El Profe.


30 de diciembre de 2009

EN EL ÚLTIMO DÍA




Por:  Luis Fernando Mata

Siempre hay un último día para todo y en todo, gracias a Dios. Porque ¿qué tal si nos quedáramos pegados, como discos rayados, en un recodo del tiempo.

¿Qué ocurriría, si en vez de pasar hoy al siguiente año, nos aferráramos a esta última fecha del calendario?

Para unos, el último día del año es un momento místico, surrealista, como sacado de un cuadro de Salvador Dalí.

Para otros un día como cualquiera, con la misma rutina de todos: plano, seco, sin olor ni sabor alguno, insípido como un huevo sin sal.

Para muchos este 31 será un día de celebración, en tanto que para otros un momento de triste repaso de recuerdos y reflexión.

También será un día para hacerse propósitos: “me tomaré hoy los últimos tragos”, “sólo por hoy romperé la dieta”; “a partir de mañana votaré las tarjetas; pero antes, haré hoy las últimas compras”... bla, bla, bla...

Resumiendo: en un día como este miles disfrutan a sus anchas,  mientras otros se deprimen, aguijoneados por tristes recuerdos y  circunstancias...

O anegados en un mar de pobreza, abandono y soledad.

El que está vacío se siente mal y, por supuesto, anda corriendo detrás de todos, tratando de llenarse de ese “algo” que ni siquiera sabe qué es.

De ahí las preguntas obvias que muchos se hacen hoy: “¿Con quién vas a salir?”, “¿Dónde vas a cenar?”, “¿Habrá buen guaro y bocas?”, “¡Cómo ¿la vas a pasar sola muchacha? 

Las preguntas, a manera de presión social, se dan como si para ser feliz y sentirse bien fuera necesario correr hacia un lugar específico.

¿Qué ideas te han metido en la cabeza? ¿Que si es 31,  a la medianoche tienes que rodearte de ruidosos amigos frente a una mesa llena de licores y comida?

Mira lo que me dice la experiencia:  puedes ser muy feliz ahí donde estás, sin moverte hacia ninguna parte, solamente aprovechando bien lo que tienes y mejorando tu actitud.

Porque no existe un sitio definido, por lujoso y elegante que sea, en donde se concentre la felicidad, toda la felicidad de manera exclusiva.

Para el que ama a Dios no hay ni habrá un último día: todos son el primero de una cadena sin fin que continúa en el Cielo.

Nuestro último día sobre esta Tierra quizá será tan bello como este 31, o como una puesta de sol en el mar en un día de verano.

Por eso hoy, a la medianoche, sin importar que estés solo (o sola),  arma tu tienda, enciende una vela, abre esa botella de vino y come de lo que tengas, con alegría de corazón; luego eleva una plegaria y da gracias al SEÑOR. ¡Salud!

29 de diciembre de 2009

GRACIAS SEÑOR

Por: Luis Fernando Mata

En este año que termina por todo hoy te doy  gracias SEÑOR.

eres el ÚNICO, el ABSOLUTO. Antes de no hay nada y después de , tampoco.


Porque al ser el SUPREMO: a ninguna ley estás sujeto; antes bien, todas las leyes de proceden y dependen.


El tiempo y el espacio no te tocan sino que están ahí, a tu servicio. les dices "sean" y son o les ordenas "dejen de ser" y desaparecen.


Bendito sea TU NOMBRE SEÑOR, todos van y todos vienen, mas sólo permaneces.


Imposible es describirte con palabras humanas. Imposible es pintarte con colores materiales, porque ¿cuál humano te ha visto? ¿cuál mortal ha mirado el esplendor de tu gloria y sobrevivió?


¿Quién pudo mirarte SEÑOR, tal cual eres y luego se sentó a escribir y nos lo contó? ¿Dónde están sus palabras? ¿Dónde su descripción?


¡Bendito y alabado seas por siempre SEÑOR!

27 de diciembre de 2009