10 de octubre de 2006

Sonría

Luis Fernando Mata

Un día venía caminando por la acera sur del Banco de Costa Rica, mejor conocido en San José como el Banco «Negro», cuando en eso me topé con una muchacha que me dirigió una bella sonrisa.

A la fecha de hoy, quizá veinte años después, no recuerdo cómo era esa muchacha, si era bonita o fea, alta o chaparra, gorda o flaca, negra o blanca; pero lo que me quedó muy claro fue el efecto transformador de esa espléndida sonrisa.

Después de que recibí esa brevísima descarga de afecto, tuve plena conciencia de lo tensa que llevaba mi cara: el ceño totalmente fruncido, remarcadas las líneas de expresión; los dientes apretados; las cejas arqueadas y los ojos llameantes con expresión dura, como si tuviera delante a un enemigo.

A partir de ese día me di a la tarea de destensar al máximo mi cara y suavisar la expresión, mientras observo a la gente en las aceras, en los asientos de los buses o sentada en las bancas de los parques, quizá instintivamente buscando en algún sitio a la joven de la sonrisa reconfortante.

¿Pero qué fue lo que encontré? Gente de expresión fría, agria, rostros que de tanto hacer mala cara se quedaron así, como la tinaja, después de que el alfarero la saca del horno y la enfría.

¿Ha visto usted esos limones agrios que se quedan en la refri por mucho tiempo? Al sacarlos no sirven ni para fresco, porque están completamente deshidratados, la cáscara dura y arrugada en extremo. Así lucen nuestras caras cuando no hacemos ni el menor esfuerzo por sonreír.

Y fue precisamente en los años ochentas que alguien, ignoro quién, acuñó en nuestro país el verbo ENJACHAR, para definir ese estado del rostro, en el que se refleja al máximo todo el odio, la frustración y hasta la maldad de un corazón maltratado por la vida.

¿Por qué la sonrisa de esa joven me impactó tanto? Sencillo: porque era quizá la única, en medio de un mar de caras agrias, preocupadas, tensas y amenazantes.

No hay que ser un experto en comunicación, para saber que hay caras con una expresión tan terrible que, sin pronunciar palabra, son una declaración de guerra.

Sé de personas, no sólo que gustan de «enjachar», sino que como no pueden ladrar a todo el que pasa, se compran un perro para que lo haga.

Y es que no se trata de andar, de aquí para allá, pelándole los dientes a todo el mundo con sonrisas fingidas. No. Se trata de por lo menos preocuparnos por NO ENJACHAR a todo aquel que se nos cruza por el camino, como si tuviera la culpa de nuestras frustraciones.

Siempre he pensado que un rostro inundado de paz y amor es aquel que ha sido regado muchas veces con lágrimas. No siempre el que sonríe es porque le va bien en todo, al contrario, una persona fuera de lo común es aquella que tiene el coraje de sonreír, aún cuando todo se haya derrumbado en su vida.

La sonrisa, gracias a Dios, no es un monopolio de los rostros hermosos. Yo recuerdo un famoso anuncio de la Coca Cola, donde aparece una viejita con un sólo diente, pero tan sonriente que parece irradiar luz.

Desde hace varios días el Canal 7 ha lanzado una reconfortante campaña, precisamente en el sentido de ver lo hermoso de la vida, se llama «Volvamos a construir esperanzas».

Siempre que miro ese corto de televisión tan bellísimo, espero con ansia el momento en que aparecen todas esas personas sonriendo, especialmente la muchacha que está pintando, y que tiene una sonrisa idéntica a la que me cambió la mentalidad, hace veinte años.

Cada vez me convenzo más de que el mandamiento número trece debería ser, algo así como «¡NO ENJACHARAS!».

3 de octubre de 2006

Papá olvida

Escucha, hijo: voy a decir esto mientras duermes, una manecita metida bajo la mejilla y los rubios rizos pegados a tu frente humedecida. He entrado solo en tu cuarto. Hace unos minutos, mientras leía mi diario en la biblioteca, sentí una ola de remordimiento que me ahogaba. Culpable, vine junto a tu cama.

Esto es lo que pensaba, hijo: me enojé contigo. Te regañé cuando te vestías para ir a la escuela, porque apenas te mojaste la cara con una toalla. Te regañé porque no te limpiaste los zapatos. Te grité porque dejaste caer algo al suelo.

Durante el desayuno te regañé también. Volcaste las cosas. Tragaste la comida sin cuidado. Pusiste los codos sobre la mesa. untaste demasiado el pan con mantequilla. Y cuando te ibas a jugar y yo salía a tomar el bus, te volviste y me saludaste con la mano y dijiste: «¡Adiós, papito!, y yo fruncí el ceño y te respondí: «¡Ten erguidos esos hombros!»

Al caer la tarde todo empezó de nuevo. Al acercarme a casa te vi, de rodillas, jugando en la calle. Tenías agujeros en las medias. Te humillé ante tus amiguitos al hacerte marchar a casa delante de mi. Las medias son caras, y si tuvieras que comprarlas tú, serías más cuidadoso. Pensar, hijo que un padre diga eso.

¿Recuerdas, más tarde, cuando yo leía en la biblioteca y entraste tímidamente, con una mirada de perseguido? Cuando levanté la vista del diario, impaciente por la interrupción, titubeaste en la puerta. «¿Qué quieres ahora?, te dije bruscamente.

Nada respondiste, pero te lanzaste en tempestuosa carrera y me echaste los brazos al cuello y me besaste, y tus bracitos me apretaron con un cariño que Dios había hecho florecer en tu corazón y que ni aún el descuido ajeno puede agostar. Y luego te fuiste a dormir, con breves pasitos ruidosos por la escalera.

Bien, hijo; poco después fue cuando se me cayó el diario de las manos y entró en mí un terrible temor. ¿Qué estaba haciendo de mi la costumbre? La costumbre de encontrar defectos, de reprender; esta era mi recompensa a ti por ser un niño. No era que yo no te amara; era que esperaba demasiado de ti. Te medía según la vara de mis años maduros.

Y hay tanto de bueno y de bello y de recto en tu carácter. Ese corazoncito tuyo es grande como el sol que nace entre las colinas. Así lo demostraste con tu espontáneo impulso de correr a besarme. Nada más que eso importa esta noche, hijo. He llegado hasta tu camita en la oscuridad y me he arrodillado, lleno de vergüenza.

Es una pobre expiación; sé que no comprenderías estas cosas si te las dijera cuando estás despierto. Pero mañana seré un verdadero papito. Seré tu compañero, y sufriré cuando sufras, y reiré cuando rías. Me morderé la lengua cuando esté por pronunciar palabras impacientes. No haré más que decirme, como si fuera un ritual: «No es más que un niño, un niño pequeñito.»

Temo haberte imaginado hombre. Pero al verte ahora, hijo, acurrucado, fatigado en tu camita, veo que eres un bebé todavía. Ayer estabas en los brazos de tu madre, con la cabeza en su hombro. He pedido demasiado, demasiado. Livingston Larned.

Para ti...Jurgen

¿No se ha fijado usted? Algo ocurre en nosotros los ticos, a la media tarde, que nos hace buscar como desesperados un sitio para irnos a sentar delante de un buen café.

Una tarde de estas, calurosa y húmeda, con amenaza de lluvia, elegí el rincón más alejado de una soda, de las más tradicionales, allá por los alrededores del hospital San Juan de Dios y la Coca Cola.

El humeante café estaba servido y mientras rompía las bolsitas del azúcar, observé con el rabo del ojo a un niño, de quizá ocho años que entró sosteniendo en sus pequeñas manos un puñado de lápices.

De inmediato escuché dentro de mi una voz (¿la habrá oído también usted?) que me dijo: «¡QUE TIRADA, YA NO PODES VOS NI SENTARTE TRANQUILO A TOMAR UN CAFE CUANDO APARECEN ESOS CARAJILLOS VENDIENDO COSAS!»

En eso el salonero me trajo un sabroso sandwich o «sanguche», como decimos aquí, y con todo y café me metí en una especie de vaporosa y cerrada burbuja, a lidiar con mis pensamientos.

Instantes después escuché un ruido a mis espaldas, una especie de forcejeo que atrajo mi atención: un señor le había dado dinero al niño, pero no aceptaba de éste el lápiz de colores, alegando que no lo necesitaba.

Fue entonces que observé la actitud digna del pequeño, que daba a entender con sus gestos que no buscaba que le regalaran plata, sino vender las escasas unidades de su producto.

En fracciones de segundo tenía a ese niño al frente, con su mirada tímida saliendo de debajo de una gorra azul, y volví a escuchar esa voz inconfundible que usted también escucha (¡ahhh, mmm, y no me diga que no!), retándome: «¡QUE JODEDERA LA DE ESE CARAJILLO, ANDA DECILE QUE SE VAYA AL CARAJO!».

Miré ese rostro pálido, los bracitos como hilos y esa mirada de una ternura sin límites, y sentí que el corazón se me deshizo como si fuera de mantequilla. Internamente respondí a esa voz interna -que Ud. escucha y conoce bien... (y hasta le hace caso)- con un «¡CALLATE YA!».

Busqué maquinalmente la moneda de cien, se la entregué al pequeño y acepté de buena gana el lápiz con la sonriente imagen multicolor de creo, Bob Esponja. El trato estaba saldado y el chico se alejó, ofreciendo de mesa en mesa, insistiendo, como buen vendedor.

«Oye vení acá ¿me podrías acompañar?», le dije y el niño con curiosidad aceptó.

-Me llamo Jurgen. Señor, yo le agradezco, pero ¿usted me dejaría compartir eso con mi hermanita que está allá afuera?
-Claro Jurgen, vaya y la llama.

El niño fue, pero la niña quizá andaba por otro lado, ofreciendo lápices y de regreso, mientras se acomodaba, decía, como para si «yo creo que a ella no le gustan los sanguches, seguro por las salsas».

Jurgen vive allá a muchos kilómetros al este, por Cartago, en «El Proyecto», un lugar lleno de historias, del que me habla como si también a mi me fuera familiar.

Lo de la venta de los lápices lo realiza después de ir a la escuela. El y su hermanita se vienen muy temprano, adquieren la «mercadería» por ahí, a un precio de seguro bajísimo, como para tener alguna ganancia vendiéndola a cien.

Mientras se tomaba el refresco, Jurgen se levantó un poquito más esa gorra, detrás de la que oculta sus ojos color miel y mirándome fijamente preguntó con inocencia: ¿Verdad señor, que usted es un siervo de Dios?

Un nudo en la garganta me apretujó el último pedazo del sanguche... se me nubló la vista... y ensayé una respuesta a como pude: «Si... Jurgen, yo soy un... siervo de Dios, pero no soy yo el que lo estoy bendiciendo a usted, al contrario, es usted el que me bendice a mi».

Si usted que lee esta nota está disfrutando de un buen plato, y en eso llega un niño a ofrecerle lápices de esos coloridos, le suplico no le haga caso a esa voz de la que le hablé, y a la que parece no gustarle los niños, ni los lápices de Bob Esponja.

Y si ese niño de casualidad tiene una gorra azul y se llama Jurgen, el que vive allá arriba, en «El Proyecto», dígale que una tarde de estas le estaré esperando en el mismo lugar, para que Dios me bendiga de nuevo con su compañía. Luis Fernando Mata.

26 de septiembre de 2006

Cuando sientas soledad

La soledad no es un juego de niños, es algo tan terrible que la gente comete grandes errores tratando de evitarla.

La soledad nos lleva a perder el discernimiento: dejamos de distinguir entre una buena y una mala compañía.

Buscamos estar acompañados y punto.

Por soledad las mujeres buenas se aguantan a los hombres malos.

Por soledad hombres amables y pacientes pasan sus vidas soportando lo insoportable de sus esposas, sin siquiera intentar corregir la situación.

Por soledad esperamos durante horas al amigo desconsiderado.

Por soledad vamos donde nunca debimos ir, entramos donde jamás debimos entrar y hacemos lo que nunca haríamos... de estar bien acompañados.

Por soledad te compras un teléfono, para facilitar que te llamen aquellos que no se interesan en llamarte.

Por soledad llamas al teléfono de quien no quiere atenderte, o de quien te habla a regañadientes, por compromiso.

Por soledad muchos han matado o han sido muertos.

Por soledad otros se han refugiado en los vicios o en costumbres y prácticas degradantes.

Por soledad la novia atiende a ese novio, que no le conviene y con el que nunca se va a casar.

Por soledad ese novio la busca a ella y ella lo recibe... por soledad.

Por soledad te casas o te juntas con quien, además de que no te ama, te va a maltratar y arruinar.

Por soledad otros han encontrado, por fin, alguna compañía en un hospital o el cementerio.

Hay soledad en la carne, hay soledad en el alma y hay soledad en el espíritu.

La soledad en la carne sólo se sacia a partir de temas y actos carnales, como el comer y beber en forma desmedida.

Para el solitario carnal la soledad ha creado un mercado de compra y venta de compañías. Es como echar dinero a un carrusel, o tan divertido -en apariencia- como montar en los carros chocones.

Vuelves a reír, galanteas, te jactas, preguntas lo que quieres y tu compañía está ahí, para servirte; pero una vez que el dinero se acaba, la soledad regresa y la compañía se va... tras otro cliente.

Por soledad aceptamos hasta esas malas compañías.

El solitario en el alma necesita de otros a su alrededor, hablando y compartiendo sobre distintos temas, tan cotidianos como la política, el fútbol o la situación económica.

La soledad en el espíritu nace el día en que la carne dejó de consolarte con sus emociones placenteras y sentimentalismo; y el vacío de la soledad tampoco lo llenan las vanas pláticas y experiencias de la vida diaria.

La peor de las soledades es la que nos lleva a sentirnos solos, aún en medio de quienes amamos y apreciamos. Esta es la soledad de Dios.

Al solitario espiritual sólo es posible consolarlo con la bendita Palabra de Dios, de lo contrario se sentirá oprimido por una terrible soledad aún rodeado de sus seres más queridos.

Pocos miran a la soledad como una llamada de atención de Dios, quien desea que lo busquemos a El, en primer lugar, como el amigo fiel, como el amigo ideal.

El estado natural del ser humano debería de ser de gozo y paz, aún en medio de la prueba; pero su falta de fe le abre la puerta al temor y a la soledad.

La soledad, la impaciencia y la desesperación nos obligan a tocar puertas que nunca deberíamos tocar.

La soledad es una consecuencia del egoísmo, porque, por andar pensando en nuestra necesidad de compañía, olvidamos acompañar y consolar a otros, que están más solos y necesitados que nosotros.

Si piensas en lo lindo que sería que alguien te busque, sinceramente, no por soledad sino por amor... ese alguien existe, ese alguien es Jesucristo, nuestro Dios.

Ante el menor asomo de soledad busca del Señor, sumérgete en las benditas aguas de vida que salen de su trono y comprobarás, con sorpresa, como la soledad desaparece, porque muchos sedientos buscarán de ti.

8 de septiembre de 2006

Blogs toman China

Por: Luis Fernando Mata.

Cada día en China se registran 50 mil nuevos bloggers para un total de 30 millones contabilizados en todo el país, más del doble de los que había en el 2.004. Tal furor lo explican las políticas tradicionalmente restrictivas del gobierno, que ahora permiten una relativa mayor libertad de expresión. (Resumen)

Wang Xiaofeng nació y creció en una gélida granja del nordeste chino. Actualmente es uno de esos 30 millones de bloggers que han adoptado el bloguear como una forma de desafiar a un régimen controlador, que cuida con celo sus secretos políticos y militares.

Wang empezó como crítico de espectáculos. Un día leyó artículos de la revista Rolling Stone y sintió pena, de no poder escribir en su país con el mismo estilo, llano y desenfadado. Un día de tantos, un amigo lo enseñó a "bloguear" , así descubrió su genio para enmascarar sus artículos, firmados bajo distintos seudónimos.

Otros chinos, como Shi Tao, no corrieron igual suerte, pues actualmente está condenado a 10 años de prisión, acusado de divulgar secretos de Estado. (está en proceso...continuará...)

El secreto de Shakira

Por: Luis Fernando Mata.

En su columna “VENGA Y LE CUENTO”, del pasado 6 de setiembre, el periodista Christopher Barquero nos hace una sensacional revelación de la estrella colombiana Shakira, en estos términos.

“Durante una conversación que tuve con Shakira en México, la cantante me dejó atónito cuando le pregunté qué le falta en su vida. Ella me respondió que busca la felicidad. Aunque usted no lo crea, la chica de los pies descalzos no está plenamente realizada ni es feliz del todo, pero dice que cada día trabaja para lograrlo”.

Nuestra reflexión al respecto es:

En lo periodístico, tal revelación de un personaje como Shakira merecía mucho más destaque, Christopher debió sacarle más punta al asunto, porque lo que al comunicador deja atónito, con mucha más razón a quienes lo leen o escuchan.

Si Shakira, con todo lo que es y con todo lo que tiene no se considera feliz, imagínense a todos y todas esas que no son Shakira, sino simples “fans” de la artista, y que se creen o compran esa fantasía que ella les vende en sus vídeos, de una joven rebosante de alegría y paz.

Claro, hay muchas mujeres felices, que serían aún más felices, si tan sólo fueran Shakira, por un día.

Si das por cierto lo que la gente aparenta, te llevarás muchas sorpresas…

Reducción al absurdo

Por: Luis Fernando Mata.

Mientras el agua que sale por los tubos de la cañería está cada vez más contaminada, se dice que la droga que pasa por Costa Rica tiene “un alto grado de pureza”.

Mientras que en los paquetitos de refresco se nos advierte que es de “sabor y color artificiales de limón”, la publicidad de jabones lavaplatos afirma con orgullo que contiene el “auténtico zumo de limón ácido”.

¿Será acaso mejor hacernos el refresco con jabón lavaplatos?

Por otra parte, como decimos los periodistas, los fabricantes del Vodka Iceberg en el Canadá, ciertamente utilizan en el proceso agua obtenida de los icebergs, por su alto grado de pureza.

La compañía fabricante de este vodka descubrió que, además de que el agua de los icebergs les sale gratis, salvo por los costos del acarreo en inmensos buques cisterna, dicha agua es CUATROCIENTAS VECES MAS PURA, que la que nos sale por el tubo de cañería.

Desde otra perspectiva: el agua del tubo con la que calmamos la sed a diario está CUATROCIENTAS VECES MAS CONTAMINADA que esa sabrosa y milenaria agua de los icebergs canadienses.

Así que, aplicando los conocimientos anteriores, si queremos un delicioso, puro y auténtico refresco o coctel de limón, habrá que mezclar el sabroso vodka Iceberg… con el jabón lavaplatos…