23 de octubre de 2006

Eso que llaman Política

Por: Luis Fernando Mata
 
La política es una mierda y, desgraciadamente, para sobrevivir, muchos tienen que embarrarse de ella.
 
La política es el arte de hacer creer a los demás que luchan por sus intereses, cuando en realidad están luchando por los intereses del político.
 
La política normalmente beneficia, si es que lo hace, a quienes están dispuestos a erigirle altar y quemarle incienso.
 
La política te vende una esperanza y luego, para garantizártela, te entrega los números del 0 al 98, a sabiendas de que el ganador será el 99, y que le pertenece a ella.
 
Hacer política es lograr que todos salten de alegría, porque "ganaron" mientras que, detrás del telón, unos pocos se reparten los beneficios del triunfo.
 
La política es un acto de ilusionismo que te lleva a estar de acuerdo con el político; pero cuando llega la realidad y se disipa la magia, ya es demasiado tarde y a nadie le preocupará si estas o no de acuerdo con las decisiones que se tomen... en tu nombre.
 
Por eso, a las puertas de tomar un camino que podría ser fatal para la economía de nuestro país hoy debemos asumir la posición que nos corresponde y decir:
 
"¡Despierta Costa Rica, dí no al TLC!"

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La Flor de la Honestidad


Se cuenta que hace muchos años en la China antigua, un príncipe de la región norte del país estaba por ser coronado emperador, pero de acuerdo con la ley, él debía casarse. Sabiendo esto, él decidió hacer una competencia entre las muchachas de la corte para ver quién sería digna de su propuesta. Al día siguiente, el príncipe anunció que recibiría en una celebración especial a todas las pretendientes y lanzaría un desafío.

Una anciana que servía en el palacio hacía muchos años, escuchó los comentarios sobre los preparativos. Sintió una leve tristeza porque sabía que su joven hija tenía un sentimiento profundo de amor por el príncipe. Al llegar a la casa y contar los hechos a la joven, se asombró al saber que ella quería ir a la celebración. Sin poder creerlo le preguntó:
- "¿Hija mía, que vas a hacer allá? Todas las muchachas más bellas y ricas de la corte estarán allí. Sácate esa idea insensata de la cabeza. Sé que debes estar sufriendo, pero no hagas que el sufrimiento se vuelva locura".
Y la hija le respondió:
- "No, querida madre, no estoy sufriendo y tampoco estoy loca. Yo sé que jamás seré escogida, pero es mi oportunidad de estar por lo menos algunos momentos cerca del príncipe. Esto me hará feliz".
Por la noche la joven llegó al palacio. Allí estaban todas las muchachas más bellas, con las más bellas ropas, con las más bellas joyas y con las más determinadas intenciones. Entonces, finalmente, el príncipe anunció el desafío: "Daré a cada una de ustedes una semilla. Aquella que me traiga la flor más bella dentro de seis meses, será escogida por mí para ser mi esposa y futura emperatriz de China".
La propuesta del príncipe seguía las tradiciones de aquel pueblo, que valoraba mucho la especialidad de cultivar algo, sean: costumbres, amistades, relaciones, etc. El tiempo pasó y la dulce joven, como no tenía mucha habilidad en las artes de la jardinería, cuidaba con mucha paciencia y ternura de su semilla, pues sabía que si la belleza de la flor surgía como su amor, no tendría que preocuparse con el resultado.
Pasaron tres meses y nada brotó. La joven intentó todos los métodos que conocía pero nada había nacido. Día tras día veía más lejos su sueño, pero su amor era más profundo. Por fin, pasaron los seis meses y nada había brotado. Consciente de su esfuerzo y dedicación la muchacha le comunicó a su madre que sin importar las circunstancias ella regresaría al palacio en la fecha y hora acordadas sólo para estar cerca del príncipe por unos momentos.

En la hora señalada estaba allí, con su vaso vacío. Todas las otras pretendientes tenían una flor, cada una más bella que la otra, de las más variadas formas y colores. Ella estaba admirada. Nunca había visto una escena tan bella. Finalmente, llegó el momento esperado y el príncipe observó a cada una de las pretendientes con mucho cuidado y atención. Después de pasar por todas, una a una, anunció su resultado.

Aquella bella joven con su vaso vacío sería su futura esposa. Todos los presentes tuvieron las más inesperadas reacciones. Nadie entendía por qué él había escogido justamente a aquella que no había cultivado nada.

Entonces, con calma el príncipe explicó: "Esta fue la única que cultivó la flor que la hizo digna de convertirse en emperatriz: la flor de la honestidad. Todas las semillas que entregué eran estériles".
Autor Desconocido

21 de octubre de 2006

El fusilamiento


Armenia es un pequeño país asiático sin costas, su extensión es un poquito más de la mitad de nuestra Costa Rica, en tanto que su población viene siendo en número muy parecida a la nuestra.

Antes de 1991, año en que se independizó,  pertenecía a la Unión de Repúblicas Soviéticas, aún así, según las estadísticas, su población es cristiana en un 94%.

En el libro "Como combatir el miedo", del escritor norteamericano Don Gozzet, el autor nos narra un curioso pasaje de la historia de este país. Como el escrito es muy extenso, lo he reducido a un tamaño manejable, parafraseándolo, hasta donde me  fue posible.

En 1888 hubo una guerra entre Armenia y sus vecinos de Azerbaiyán, que en su mayoría son musulmanes.

En esa ocasión los armenios fueron invadidos por varias tribus enemigas, que se dedicaron a perseguir a los cristianos, a quienes torturaban y mataban.

Un día llevaron a cuarenta armenios cristianos en fila para ser ejecutados. Les dieron a elegir: si negaban a Jesucristo serían perdonados.

Uno por uno fueron llevados al círculo de ejecución y una vez allí se les preguntaba si negaban a Cristo. Todos dijeron un no rotundo y fueron fusilados... todos... menos uno.

Cuando llegaron al último hombre y le preguntaron si negaba a Cristo, este dijo que sí y fue perdonado.

De repente, el soldado musulmán que tenía el rifle con el que estaba fusilando se dirigió a este último hombre, le entregó el arma y le dijo:

-Toma tú mi lugar, que yo tomaré el tuyo.

Así, el último de los cuarenta tomó el fusil y salió a disparar. El soldado se paró firme en el círculo de ejecución, pero antes de ser fusilado pidió, como última voluntad, hablar así a su verdugo:

-Primero déjame hablar; quiero explicarte por qué hago esto. Yo estuve parado ahí donde tú estás, y desde ahí he fusilado a treinta y nueve hombres, y cada vez que mataba a uno, un hermoso ángel con traje resplandeciente descendía, y le ponía una corona sobre la cabeza. Yo vi al último ángel que venía con una corona en sus manos, pero tú, que eras el último hombre, te acobardaste y negaste a Cristo. ¡Yo quiero esa corona; el ángel continúa ahí, en espera. Puedes fusilarme, pues acepto a Cristo como mi Señor y me llevo la corona!

Esta maravillosa historia nos ilustra lo dicho por el Señor en su Palabra:

"Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida" (Apocalipsis 2:10)

20 de octubre de 2006

Escape hacia el olvido


Por: Luis Fernando Mata


    • Leyenda de Escazú "casi" desconocida
Nací en Escazú, a 50 metros de la Iglesia Católica y desde niño sentía afición por las leyendas, por esas historias que circulan de boca en boca; pero que nadie sabe de su autenticidad.

Mi abuela, Laura Brenes Angulo, un personaje del pueblo a quien llamaban "Lula" (y quien murió en 1994 de 86años ), se dedicaba a poner inyecciones a los enfermos y así, entre visita y visita, ella se enteraba de hechos y situaciones que después nos compartía, en ocasión de alguna reunión familiar.

A una de esas leyendas, salida de la boca de mi abuela, la he llamado "Escape hacia el olvido", es la historia de una joven veinteañera, maestra de profesión y que trabajó atendiendo los primeros grados allá, a mediados de los años 30 en la Escuela República de Venezuela.
Bueno, dejémonos de palabras y aquí les va la historia, así como me la contaron, así yo se las cuento:


La llamaban la Niña Finita y era parte de una respetable familia, de las más tradicionales y adineradas del pueblo. Vivía cerca de la escuela y tanto los niños como las familias enteras la adoraban por ser muy alegre, paciente y simpática.

Eran tiempos en que muchos pequeños llegaban descalzos a las aulas, con los cuadernitos y el silabario dentro de saquitos de manta. Se escribía con lápiz y casquillo, porque no existían los bolígrafos.
La joven maestra se había ganado el corazón de todos porque, aparte de su temperamento dulce y jovial, se preocupaba por comprar con sus propios recursos los cuadernos y libros de los niños más pobres.
En los fines de semana, cuando no estaba trabajando, la Niña Finita cuidaba de las muchas plantas que había en el jardín de su casa, de las violetas, anturios, begonias y guarias y también de los helechos, que colgaban del enorme corredor de la casa solariega de sus padres.

Su habitación tenía un pequeño y coqueto balconcito de madera pintada de azul índigo y blanco, al igual que el resto de la imponente residencia colonial.
Lo que se sabe y aún recuerdan algunos de los ancianos del pueblo, es que la casa de la Niña Finita, por su ubicación y diseño, era la preferida de los políticos de entonces para ofrecer sus proclamas.
Un día, nadie sabe de dónde, apareció en Escazú un joven muy apuesto, alto, elegante, de piel bronceada y una sonrisa que muy pronto cautivó a las jovencitas del cantón.

El extraño personaje no tardó en hacerse notar, paseando despreocupadamente por las empedradas calles, montado en caballos finos y briosos.
Algunos decían que era un maestro de primaria, otros que era pariente del director de la escuela, otros que era un rico extranjero, que venía a comprar tierras y establecerse aquí. Lo cierto es que el joven empezó a destacar en los turnos y fiestas, durante las llamadas carreras de cintas.
Con un punzón de madera especial, semejante a la empuñadura de un picahielo de los actuales, el desconocido competía en las carreras y derrotaba con facilidad a los más hábiles jinetes.

Una tarde de sábado, mientras la Niña Finita se asomaba al balcón de su cuarto, sus ojos color miel se cruzaron con los de acero de aquel desconocido, y algo ocurrió en el corazón de ambos, como un destello que iluminó el rostro de la joven maestra, quien a partir de entonces jamás sería la misma.

La historia aún no nos aclara quien fue el responsable del acercamiento; pero por las costumbres de la época, suponemos que el ilustre desconocido fue quien tomó la iniciativa.
Ambos, la Niña Finita y el extraño entablaron una estrecha amistad que empezó a generar preocupación en la familia de la muchacha, muy religiosa, conservadora de los formalismos y tradiciones en boga.

Por aquellos días se acostumbraba que el pretendiente, muy bien trajeado, visitara a su prometida en su casa, que diera la cara ante el padre de la familia, manifestando con transparencia sus intenciones y al final, el aspirante a novio pedía "la entrada" o bien "la mano" de la muchacha.
Pero aquel desconocido insistía en cortejar a la joven de una manera un tanto informal, lejos del control y vigilancia familiar, aprovechando la salida, entrada y los recreos de la muchacha en su trabajo en las aulas.

Poco a poco, y pese a sus protestas, la familia de la Niña Finita empezó a cuidar aún más de ella, siempre alguno de sus hermanos o quizá la madre se turnaban para acompañarla al trabajo, o bien la iban a topar.
Todos en la casa empezaron a manifestarle su desacuerdo, con esa relación tan poco formal e impropia de un hombre con buenas intenciones. La familia entera se unió para hacer "entrar en razón" a la muchacha.

Cuenta la leyenda que una noche de luna llena, después de las fiestas de San Miguel, se abrieron las pequeñas y delicadas puertas de madera que daban al balcón de la residencia de la Niña Finita.
Unos pocos trasnochados, de los que pasaban por ahí a esas horas, observaron a la joven maestra asomarse a su balcón, más hermosa y sonriente que nunca, enfundada en un vestido largo, blanco, como de novia. Parecía esperar o aguardar a alguien.
De repente, y como salido de la nada, se escuchó el relincho de un caballo que pasó a todo galope, alejándose velozmente, en tanto que atrás quedaba aquel balconcito de madera, con las puertas abiertas, vacío.

Desde entonces nadie jamás volvió a saber nada de la Niña Finita. Sus familiares, que a no dudarlo sufrieron un gran golpe, por lo sorpresivo de la huída, decidieron no hacer comentarios y el asunto se convirtió en secreto de familia, hasta la fecha.
Existen muchas conjeturas y versiones acerca del paradero de la joven maestra. Allegados a la familia afirman que esta historia no tuvo un final feliz, porque la muchacha fue llevada a otra nación, allí sufrió el llamado "mal de patria" y enfermó, muriendo de una mortal gripe a la edad de 25 años, aún no se sabe exactamente si en México o Colombia.

Cada vez que camino por el centro de Escazú, observo con cuidado las viejas casas de adobe, buscando alguna que tenga ese balconcito de madera de roble, cuyas puertas de acceso, según la leyenda, se mantienen por siempre cerradas como mudo testigo de esa historia de amor, cuyos hechos en detalle quizá nunca se sepan.

Diez formas de resolver conflictos

Por Napoleón Hil
Tomado de su libro "La magia de pensar en grande".

Mantente fresco cuando otros estén furiosos y pierdan la cabeza. Tú tienes el control sobre tus emociones, no lo pierdas. No se trata de no demostrar tu molestia, sino de hacerlo mesuradamente, sin después arrepentirte de una acción cometida en un momento de descontrol.

Recuerda que cada discusión tiene al menos tres puntos de vista: el tuyo, el del otro y los de terceros, los cuales probablemente están más cerca de la objetividad. Siendo más versátil y viendo las cosas desde la perspectiva de los demás, enriquecerás tu propio punto de vista.

Espera a calmarte antes de hablar. Ten en cuenta que la relación es más importante que la discusión. Dale más relevancia a las personas que a las opiniones.

Trata a toda persona con la cual tengas contacto como si fuera un pariente rico, de quien esperas ser incluido en su testamento. Nunca te arrepientas de tratar muy bien a la gente. Es el mejor negocio en todos los sentidos.

Busca el lado positivo y agradable, aún de las situaciones más complicadas y dolorosas. Es una disciplina que te ayudará a pasar más fácilmente los momentos difíciles, y a convertir los problemas en oportunidades.

Establece el hábito de hacer preguntas y sobre todo, de escuchar las respuestas. Pregunta antes de reaccionar. Algunas veces disparamos y después preguntamos. También preguntamos, pero escuchamos para contestar, y no para tratar de entender.

No hagas o digas nada que pueda herir o hacerle daño a otra persona. Aférrate al proverbio que dice que todo lo que uno haga, se devolverá. La gente no recuerda tanto lo que tú dices o haces, sino la intención con la que lo haces.

Sé consciente de la diferencia entre análisis amigable y crítica destructiva. Observa si el propósito de tus palabras es ayudar, desahogarte o hacer daño.

Ten presente que si toleras a los demás, ellos también serán pacientes contigo en los aspectos no muy gratos de tu personalidad.

El verdadero líder sabe reconocer sus errores y aceptar responsabilidad. No olvides que un conflicto bien manejado fortalece la relación, y te ayuda a aprender de las diferencias.

Napoleón Hil

Un Abrazo y que Dios derrame sobre ti bendiciones de Vida, Paz, Amor, y mucha Prosperidad;

17 de octubre de 2006

12 de octubre de 2006

En busca de... mi media naranja

Por: Luis Fernando Mata
Fotos: Eustace Torborne
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En el hotel..., una vez al mes, los solteros, viudos y divorciados tienen la oportunidad de buscar amigos y ¿por qué no? hasta el hombre o la mujer de sus sueños. ++
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Todos los fines de mes, coincidiendo (¿deliberadamente?) con el día de pago, se celebra en el hotel Irazú un baile organizado por el Club de Solteros, Viudos y Divorciados.
De ese baile nos habían dicho de todo, «que era esto, que lo otro, que aquí y que allá», pero decidimos asistir por nuestra propia cuenta y riesgo, como testigos participantes.

Aunque un amigo nos aconsejó no ir muy bien «chainiado», decidimos sacar las mejores municiones de nuestro escuálido arsenal. Empezamos con una ducha a profundidad con esencias aromáticas porque ¿a quién puede atraer un hombre hediondo a cabrito?.

Una camisa Perry Ellis, un traje entero negro cruzado (el único) y relucientes zapatos Florshein (de por ahí, por el Mercado) ¡Ayyy carajo! Completaron el vestuario.

Luego observamos con satisfacción el resultado de tan impactante metamorfosis, que nos acercaba más al ideal de flamante parlamentario y nos alejaba -por esa noche- del clásico (y limpio) periodista.
Una mirada al espejo nos arranca una exclamación narcisista: «¡wao! ¡a este chango las chiquillas le van a brincar esta noche como pulgas!».
Para completar el atuendo unas gotas de colonia Carolina Herrera, un poquito de Azzaro en el pañuelo y unas cuantas gárgaras de Listerine (valga el anuncio), por aquello del aliento noqueador...

Rumbo al baile

Como un hombre tan elegante se vería raro en bus, ¿verdad? lo obvio era llamar a un taxi... marcamos el 224-7979... «siiii, Coopetico!!», «..mire, tiene un carrito para el Condominio de los Periodistas? Si... en San Pedro, por la U. Latina...».
Por el otro lado la joven nos dice que espere... y espere... y al rato: «mire señor, no tenemos taxis, el problema es que hoy es 30 de diciembre... usted comprenderá...».
Minutos más tarde el elegantísimo y perfumado hombre de esta historia se bajó de un taxito pirata, en el que viajó sosteniendo el asiento, que se le corría y la puerta, para que no se le abriera.
En el hotel XXX una fila de personas, en su mayoría mujeres, aguardaba a la entrada del salón T... Intercambiamos una mirada de inteligencia con el organizador, y luego cerramos un ojo a Eustace Thorborne, un gran amigo, que esa noche haría de fotógrafo encubierto o "paparazzi".

Mirar y ¿ser mirado?

A la puerta del salón ofrecen un trago. Optamos por una copa de vino blanco, al que paladeamos, mientras nos abrimos campo entre las mesas, atestadas de bulliciosa gente.
En las mesas, con manteles largos de tela en tonos pastel hay globos de colores, dispuestos de forma curiosa, dos arriba, flotando en la ruidosa atmófera, uno más elevado que el otro.
Empezamos caminando entre las filas de mesas. El ambiente resultaba tibio y la media luz permitía observar, aunque no con mucho detalle el rostro de los asistentes.
La media luz tiene su magia: se adivina que el viejito de por allá, con camisa celeste, tiene canas, pero no es posible calcular cuántas, y que la elegante señora de vestido escotado tiene arrugas, pero la verdad, de que está más arrugada que una lata de cinc, eso no es posible observarlo en esa semiclaridad.
De repente nos llegó la sensación de quien es observado con cierto detalle, como si fuéramos modelos de pasarela, o quizá como bacterias a través de la lente de un microscopio.
Detrás de un grupo nos sale al paso una chica treintona, saca su martillo y nos clava la mirada. Es bonita, tiene rasgos de niña y se ve muy bien, enfundada en un cortísimo traje que imita la piel de leopardo.
«¡Carajo va bien la cosa. No me quita el ojo esa chica! Y está guapona» Desde una esquina neutral nos retiramos a tomar los apuntes de ambiente. Bien raro se debió ver ese señor que se vistió tan elegante, para ir a un baile y sentarse solo a tomar apuntes en un rincón.
Desde allí había que buscar los rostros de posibles entrevistados. «Mmmm, aquella rubia de minifalda, la morenita de vestido blanco; y... -¿porqué negar el interés personal?, la mujer soñada. ¿Acaso nadie la invitó al baile?

Sigue la fiesta

La mayoría de los hombres ahí presentes llegaron vestidos sencillamente. Unos con sweter, otros en jaquet, otros simplemente en mangas de camisa.
En ese sentido ellas parecen más cuidadosas, lucen estolas, bufandas y algunas exhibían bonitos trajes de noche. Y ni qué decir de los perfumes: esta señora de al lado me olía al conocidísimo Chanel No. 5, que en los cincuentas diera a conocer Marylin Monroe; aquella jovencita trigueña dejó tras de si el aroma a cítricos del Gabriela Sabatini y a la entrada topé con una dama con el fuerte aroma de Amarige de Givency.
-¿Señora, buenas noches, me llamo Luis? ¿Le importaría si me siento un ratito a su lado?
-No. De ninguna manera. Déjeme poner mi abrigo en esa otra silla.
La rubia de faldita corta nos dirige una mirada escrutadora, como si quisiera leer de un tirón todo nuestro curriculum.
Es una herediana divorciada. Se casó hace cinco años con un hombre menor que ella, la relación no funcionó y ella se cansó de hacer el papel de esposa y madre.
-Por dicha no tuvimos hijos -dice haciendo un gesto de fingida alegría-
-¿Y qué significa este baile para usted?
-Me gustaría conocer a alguien. Un hombre interesante con quien compartir...
-¿Y cuál es su ideal de hombre?
-Lo físico no me importa tanto. Me gustan los hombres maduros, responsables, trabajadores, que tengan un buen sentido del humor.
Katty, que así se llama la rubia, no toma. Se aferra a un vasito lleno hasta la mitad de gin.
-¿Y usted joven no baila?
-Que va. Baila más el trompo de un bus de Sabana-Cementerio que yo. (Risas)
Con el pretexto de ir al baño elegimos a la siguiente entrevistada. Se llama Norma, viene desde Villa Hermosa, Alajuela. Es una mujer de esas que llama Ricardo Arjona de «cuatro décadas», pero no ha perdido la hermosura, tiene ojos color miel y lleva su negro cabello atado por una colita azul que le hace juego con el vestido.
-¿Oiga niña, es la primera vez que asiste a este baile?
-No. He venido a los últimos cuatro, pero con igual resultado. Sólo pude bailar en un par de ocasiones, la primera con un mexicano que iba de paso y se hospedó en este hotel...
-¿Y la segunda?
-Ayyy, viera qué chile. Me gustó. Era un muchacho de unos treinta y cinco, me dijo que era ingeniero y era verdad; pero resultó que estaba desempleado y de feria resultó hasta casado. Por suerte me enteré a tiempo.
-¿Cómo hizo para saber eso?
-Ahhh, es que a las mujeres no se nos va nada. Tarde o temprano nos llegamos a enterar. Este país es muy pequeño y siempre aparece alguien que conoce al fulano. Me llevé una desinflada. ¡Viera usted!
Entre los asistentes hay de todo: gorditos, bien panzones, otros medio llantuditos; pero todos sonrientes y festivos; otros flacos como espinas; o bien altos y sobran los bailarines.
La siguiente es una jovencita de talle fino, cabello castaño, muy lacio, labios carnosos, bien pintados y ojos grises de mirada inquieta. Se llama Rosaura y nos confiesa que se graduó recientemente de abogada, pero aún no ha logrado colocarse.
-Rosaura, usted como abogada está con todas las de la ley. (Risas)
La joven acepta el piropo. Su expresión se suavisa y agrega más detalles: es soltera y tiene 28 años. En su vida hubo dos novios, pero el último -el que más quiso- la dejó plantada a las puertas del altar.
-Mmm ¡qué pena! Y una muchacha tan bonita. ¿Y vino aquí para encontrar el hombre ideal, me imagino?
-Viera que no. Lo que pasa es que me siento muy sola. Me gustaría hacer amigos, aprender y compartir; pero aún me siento herida, no estoy preparada para una relación.

Chiringa-chinga

A las 9:10 p.m. se empezó a escuchar a los músicos de la Siguaray mientras comprobaban los instrumentos y José Manuel Masís «Mongo-Mongo», el maestro de ceremonias, dio por iniciado el baile.
«Señores, señoras y señoritas, nuestro graaaaann Club Internacional de Solteros, viudos y divorciados de Costa Rica los saludan, tengan ustedes muy bueeeenas noches...
De inmediato la orquesta Siguaray empieza con el merengue «Cintura de fuego». Decenas de caballeros se levantan, como impulsados por un resorte, y la pista se llena de parejas de viejos y jóvenes, altos y bajitos, calvitos y pelilargos...
Nos volvermos a Eustace, el amigo que nos sirve de fotógrafo encubierto y le preguntamos: ¿y qué pasa si no bailo?
-Mirá nada. Pero aquí lo mejor es bailar. A veces las mujeres lo llegan a sacar a uno y aunque no sepa hay que echar pa lante. Una vez llegó una dama a sacarme, se vino desde la otra esquina. Ella puso el ojo y colocó bien la bala. La acompañé luego parte de la noche... y otros días.
-¡Caray! Entonces te fue bien. -indicamos, mientras golpeábamos un cigarrillo.
A Jeannette la conocimos esa noche. Tiene 28 años y dice ser economista. Tiene una sonrisa alegre. Esa noche llegó con pantalones oscuros, una blusa de seda y encima una sweter de cuello en V.
Dice que es la segunda vez que asiste a este baile. Le gusta el ambiente. «Asisto a esta actividad porque me gusta conocer personas y hacer amigos. Soy muy amistosa», nos dice y agrega:
«Mire, he sabido de gente que se ha conocido en estos bailes, y luego se han casado. Otros vienen aquí religiosamente todos los meses, también hay quienes siguen al grupo musical o de casualidad están hospedados en el hotel».

¡Tirémonos a pista!

La Siguaray ahora interpreta «Sabor a mi», un bolero del tiempo de cuando las culebras andaban paradas, luego siguen con «De amor» y «El Rinconcito», dos temas que la mexicana Sonia López dio a conocer allá por 1960, hace ya su rato.
Miro la pista y a un lado veo pasar y repasar en un movimiento frenético, casi circular como las aspas de un molino, a la chica de vestido de leopardo quien a lo lejos nos dirige una mirada despectiva, como diciendo: «lo que usted no quiso otro si. ¡Salado!».
Y el conjunto continúa tocando, ahora el merngue «Tu sonrisa», popularizado por Elvis Crespo. Allá, en un rincón atisbamos desde hace rato a una joven bien bonita, ojos claros y lleva el cabello dispuesto en colochitos. La chica no deja de tomar cerveza, primero una, luego otra y otra. Se pega a la botella como un niño a un helado.
Al principio nadie la invita a bailar ni se le arrima. Por fin un caballero, alto y musculoso llega a sacar a la solitaria y es entonces que la chica muestra todo su esplendor. «¡Qué cuerpazo! Hacen buena pareja esos dos», pensamos.
La última entrevistada de esa noche es una muchacha delgadita, pero bien surtida y apretadita, de esas que tienen de todo como las pulperías de mi pueblo.
Pero al igual que la muchacha de la botella, a esta nadie la invitaba a bailar. Marta, tal es su nombre, vive en Tibás y nos resultó nutricionista. Sonreímos y el oficio de Marta nos dio pie para la siguiente yeguada:
-Como nutricionista es usted una joven muy bien nutrida ¿verdad?
La chica nos miró con la fijeza de esas imágenes congeladas de la televisión; su mirada salía de detrás de unos anteojos de lente grueso, de seguro no atinaba si  reir o quedarse seria; luego sonrió con dulzura.
Después nos diría que vive con sus padres, que tiene 32 años y que al último novio ella misma lo «fumigó», después de darse cuenta que no lo quería.
-¿Así de dura es usted princesa?
-Idiay. Era peor tenerlo engañado.
Algo había en esa chica miope que nos gustó. ¿El pelo? ¿Los dientes pequeñitos y separados? ¿La risa traviesa? La verdad no sabemos; pero lo cierto es que, dejando la libreta a un lado, de repente nos vimos ahí, en media pista, brincando como cabras al ritmo de la cumbia «El Garrote», de los Huracanados de Argentina y luego, del reprisse del merengue «Cintura de fuego»...
Una hora después la Siguaray y su cantante Javier Arce interpretaron «Te veo venir soledad», una balada que lanzó una vez más al elegante señor de esta historia al centro de la pista y de la mano de la radiante nutricionista.
¡Ahhh, viera usted qué lindo que estuvo aquello! Fue un final como dice Mario Giacomelli ¡DE PELÍCULA! ¡Igualito que volver a los 17! (FIN)



NOTA: A mis queridos -y fieles- lectores, por ahora, les quedo debiendo las fotos; pero les prometo que apenas contacte a Eustece, quien las tomó, yo se las muestro, así como nos salieron. Gracias!